jueves, 9 de septiembre de 2010

La cabeza siempre pierde

Cuando la cabeza te dice una cosa y toda tu vida dice la otra, la cabeza siempre pierde.
Frank McCloud en Cayo Largo (1948)
Demasiado rápido. ¿Qué velocidad es demasiado rápido en el amor?

¿Cuál es el momento adecuado para cada cosa? ¿Cuánto has de esperar para dar el primer beso, para invitar a alguien a quedarse a dormir y a desayunar, para decir "te quiero" por primera vez? ¿Existe un límite de velocidad que no se debe sobrepasar?

Comprendo que cualquiera puede pensar de nuestra relación que vamos demasiado rápido. Es más, supongo que si no se tratara de mí misma yo también lo pensaría. Pero en cierto sentido me siento como Frank McCloud en Cayo Largo. Tengo perfectamente claro en mi cabeza que esta observación es sensata, sin duda. Igual que él tenía claro que lo más sensato era huir, no arriesgar su vida.

Pero cuando la cabeza te dice una cosa y toda tu vida dice la otra, la cabeza siempre pierde. Tengo la sensación, como McCloud, de que toda mi vida ha sido un largo camino hacia este momento, que las experiencias pasadas son las que me han curtido para vivir esto. Tengo la sensación de conocerle desde siempre, un extraño sentimiento de intimidad, de cotidianidad.

¿Por qué, por qué no va a ser sensato amarle, dejarme querer, vivir esta historia sorprendente y mágica al ritmo de los corazones en lugar de al de los relojes?

La cabeza pierde. Aunque algunos sí lo piensen, para mí el amor es incompatible con la medición y las matemáticas, con la estadística y la planificación. Toda mi vida dice "adelante". ¿Quién soy yo para llevarle la contraria?

lunes, 30 de agosto de 2010

Estoy enamorado de ti

-Holly, estoy enamorado de ti.
-¿Y qué?
-¿Cómo que y qué? ¡Qué preguntas haces! Te quiero y me perteneces.
-No. La personas no pertenecen a nadie.
-Claro que sí.
-No dejaré que nadie me ponga en una jaula.
-Yo no quiero ponerte en una jaula, solo quiero quererte.
-¡Es lo mismo!
-No, no lo es. Holly...
-No soy Holly, ni siquiera Lulla Mae. No sé quién soy. Soy como este gato. Somos un par de infelices sin nombre. No pertenecemos a nadie ni nadie nos pertenece, ni siquiera el uno al otro.
Paul Varjak y Holly Golightly
en
Desayuno con diamantes, 1961.
Es desconcertante. He visto Desayuno con diamantes miles, millones de veces, y siempre me he emocionado con esta escena y con el magnífico monólogo de Paul Varjak que viene a continuación. Y siempre me he identificado con el pobre Paul Varjak, enamorado de una mujer asustada y un poco inconsciente como Holly Golightly.

Siempre he llevado las riendas en mis relaciones, siempre he tenido que forzar un ritmo detenido para seguir adelante. Luchar contra los miedos del otro. No estoy acostumbrada a que me correspondan.

Por eso, cuando esta mañana, horas antes de que se cumplan dos semanas desde que nos vimos por primera vez, me ha dicho que está enamorado, me he sentido sobrecogida, sorprendida y asustada a partes iguales. Dos semanas, y tan solo una viéndonos a solas. Y está enamorado. De mí, a quien nunca han amado de verdad.

Es curioso, al observar esta escena siempre me identifiqué con Paul Varjak y nunca me imaginé que acabaría siendo Holly Gilligtly, un pajarillo asustado. He amado mucho, y me han roto el corazón, y nunca me han correspondido. Lo llamaban amor, y era comodidad (uno) o interés (el otro). Y por eso me asusta tanto que hoy, llena de cicatrices, me hablen de amor. Tengo miedo de que vuelvan a herirme. Y sobre todo tengo miedo porque poco a poco, segundo a segundo, él va llenando mi vida, mi rutina, mi pensamiento. Despacio pero segura, me estoy enamorando. Y temo ser una ilusa cuando le miro a los ojos y siento que algo en mi interior me dice que esta vez, por fin, es de verdad.

viernes, 27 de agosto de 2010

Me vi reflejada en ti

-¿Cómo sabías que respondería como lo he hecho?
-Me vi reflejado en ti.
Elisabeth y John en 9 semanas y 1/2 (1986)

Él lleva varios días intentando encontrar una palabra que me defina. Yo, esta mañana, he encontrado la palabra que define cómo lo veo yo a él.

Magnetismo. Es lo único que siento cuando estoy cerca de él. Magnetismo a todos los niveles.

El más evidente es, por supuesto, el sexual. No puedo dejar de mirarle, de tocarle, de besarle. Le deseo cuando está lejos y me mata la impaciencia cuando está cerca. Me estremecen sus caricias. Y en un par de ocasiones he llegado a perder la conciencia de mí misma, solo por una milésima de segundo. No voy a caer en la exageración romántica, ni mucho menos. Una de mis exparejas era un amante estupendo. Pero lo que de verdad me da miedo es que en tan solo un par de días él haya superado no solo todo lo que conozco, sino las expectativas que alguna vez haya podido tener.

Si esto fuera todo, la verdad es que me recordaría muchísimo a la relación de los personajes de 9 semanas y 1/2. Esa atracción imparable que siente Elisabeth hacia John, la sensación de haber perdido su voluntad. "Creo que me han hipnotizado", dice en una ocasión.

Pero hay otros niveles. Hay un magnetismo intelectual, también. Si bien hay muchísima gente que sabe más que yo en la mayoría de los temas que me interesan, lo cierto es que en la vida real me cuesta mucho encontrar a alguien, cuando menos, semejante. Son demasiadas las personas que considero interesantes e inmediatamente me matan con un "yo es que no he visto Casablanca", para añadir un tajante "es que no me gustan las películas en blanco y negro". Personas que no han leído un libro en su vida, o al menos en los últimos 3 años. Por eso me fascina encontrar a alguien que me habla de películas que yo no he visto, o a quien puedo hablar sin sentirme una pedante del empleo subjetivo de la cámara en La senda tenebrosa o la metáfora de los tipos de filtros de luz en Deliciosa Martha.

Y el magnetismo en la personalidad. El sentir que entiende la vida de una forma parecida a como la entiendo yo. O escuchar anécdotas que cuenta, tan diferentes a las de mi propia vida, pero sentir que en el fondo, nuestras vidas son dos metáforas acerca de la misma idea. Me dan ganas de decirle: "siéntate aquí, cuéntamelo todo, desde tu primer recuerdo hasta hoy". No me canso de escucharle.

Por último, me fascina su sentido del humor. Sencillo, sin pretensiones. Directo. Inteligentísimo. Me hace reír, pero esta risa que sale desde dentro. Natural. Una risa que fluye. Sincera.

Él lleva varios días intentando encontrar una palabra que me defina. Y hemos pactado, de momento, no buscar una palabra que nos defina a ambos, que defina lo que estamos viviendo. Pero tengo vértigo, por la sensación de haberme visto reflejada en él. De no comprender ese poder magnético, desde el primer momento, que ha tenido en mí el que es casi un desconocido. De añorarle tanto conociéndole tan poco. Tengo miedo.

martes, 24 de agosto de 2010

Vaya a por él

Usted no tiene los huesos de cristal, puede soportar los golpes de la vida. Si usted deja pasar esta oportunidad, con el tiempo su corazón se irá volviendo seco y frágil como mi esqueleto. ¿A qué espera? Ande, vaya a por él.
El señor Raymond en Amélie (2001)
A veces es necesario correr riesgos, aunque temamos hacernos daño, aunque estemos asustados. Llevo unos días un poco paralizada, sobre todo por la sorpresa. He conocido a alguien y... no lo esperaba tan pronto ni tan rápido. Apenas lo conozco, pero me gusta. Mucho. Estoy ilusionada y asustada a partes iguales. Pero no pienso dejar que el miedo me seque el corazón. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

jueves, 19 de agosto de 2010

¿Te casarás conmigo?

-Te casarás conmigo, ¿no?
-No lo sé.
-¿Pero puede ser?
-Puede ser.
-¿De verdad? ¿Te casarías conmigo?
-Sí.
-Cuándo?
-No sé.
-¿Qué te parece mañana? Lo creerán precipitado, pero...
-No lo sé, no sé qué es lo que me pasa...
-Estás indecisa, ¿verdad? Pues no debes estarlo, nos casaremos.
-No podremos hacerlo.
-Sí podremos.
Ben Braddock y Elaine Robinson en El graduado (1967)
He visto El graduado varias veces, y confieso que las primeras me quedaba con la sensación de no haberla entendido del todo. Hace un par de meses vi otra película en que culpaban al protagonista de ser un romántico por la influencia de haber escuchado demasiado pop británico y una mala interpretación de El graduado. Esa idea me ha tenido pensando una buena temporada.

Creo que esa mala interpretación es precisamente la que hace Ben. La película acaba cuando otra historia comienza, la historia de Ben y Elaine. No sabemos si Elaine anula su matrimonio, si se casa con Ben, si son felices, si sus familias alguna vez les perdonan por el escándalo. La película tiene un final en apariencia feliz que precisamente por eso me parece líricamente trágico.

Ben ha sufrido una transformación. Al principio de la película se siente vacío, poco después manipulado (maravillosa la escena en que sus padres lo convierten en un objeto al obligarlo a aparecer ante todos sus conocidos como aquel buzo del acuario en su habitación. Y su vía de escape para esto es el sexo, el morbo, la traición consciente a los valores tradicionales. Pero entonces llega el amor, inesperado, y transforma a Ben. Pero nuestro Ben adopta esa actitud inocente, un poco naif. Comete el error de que el amor vence todas las barreras. De que la insistencia y la fuerza de voluntad son premiadas.

Desgraciadamente, el amor no funciona así. No es insistencia, no es voluntad, ni siquiera es lo que tradicionalmente conocemos como romanticismo. Mi problema es que creo en el amor, pero, pese a que tengo muy claro lo que no es, aún no me siento capaz de definir lo que es. Tal vez tendría que volver a reinterpretar El graduado.

viernes, 13 de agosto de 2010

¿Nos conocemos?

-Nos conocemos?
-¿Por qué habíamos de conocernos?
-No sé, me lo ha parecido.
-Conozco ya a muchísimas personas. Hasta que haya bajas no me queda lugar para nuevas amistades.
-En cuanto uno de sus amigos muera, avíseme.
Peter Joshua y Regina Lampert en Charada (1963)

Envidio la seguridad y la firmeza de Reggie Lampert en esta escena de Charada, alejando de su vida al que en principio le parece un moscón. Me sorprende esa suficiencia inicial, aunque sinceramente según avanza la película te das cuenta de que Reggie Lampert es una mujer que está casi completamente sola.

Eso es lo que me sucede a mí. Sé que es una elección que yo misma tomé, pero me volqué en una relación con alguien que no solo vivía en una ciudad diferente, sino también diferente a la de sus padres. Eso se traducía en salir todos los fines de semana que me era posible, en pasar las navidades, la Semana Santa, los veranos en casa de su familia... Dejé de viajar porque todo mi presupuesto se destinaba a ir a verle, dejé de ver a amigos porque apenas estaba en mi ciudad, abandoné muchos de mis hobbies porque no tenía tiempo... Yo creía que merecía la pena, pero ahora me veo casi completamente sola.

Pero no es tan fácil hacerse con un círculo de amistades. Especialmente con los hombres. Ya lo he dicho, temo que se confunda el interés por una persona con el interés (amoroso) por un hombre. Que también espero que llegue, por supuesto, pero de momento no ha pasado. Y no quiero tener que rechazar ofertas de ir a tomar algo por miedo a que el interés sea otro, me apetece demasiado conocer gente nueva como para dejarme llevar por ese miedo.

Así que, de momento, no es necesario que haya bajas para admitir a nuevas amistades. A ver si hay algún Cary Grant disponible...

lunes, 9 de agosto de 2010

Preciosa

-Deberías ver tu cara.
-¿Qué le pasa a mi cara?
-Que es preciosa.
Peter Joshua y Reggie Lampert en Charada (1963)

Me ponen muy nerviosa los piropos, sean esperados o inesperados, deseados o indiferentes. Me aturden. Me quedo petrificada. No sé reaccionar.

Soy muy femenina, me gusta arreglarme, ponerme un vestido bonito y unos altos zapatos de tacón. Y como es normal, me gusta que se fijen en eso. Que alaben mi aspecto, que se fijen en el vestido, que digan algo de mis ojos verdes.

Pero no sé reaccionar. Suelo responder al piropo con una sonrisa tímida, tal vez un "gracias".

Tengo 30 años y no sé cómo responder a un piropo. Especialmente si me agrada. A veces me pregunto cómo voy a conseguir alguna vez una cita si no sé ni responder a un piropo.