jueves, 9 de septiembre de 2010

La cabeza siempre pierde

Cuando la cabeza te dice una cosa y toda tu vida dice la otra, la cabeza siempre pierde.
Frank McCloud en Cayo Largo (1948)
Demasiado rápido. ¿Qué velocidad es demasiado rápido en el amor?

¿Cuál es el momento adecuado para cada cosa? ¿Cuánto has de esperar para dar el primer beso, para invitar a alguien a quedarse a dormir y a desayunar, para decir "te quiero" por primera vez? ¿Existe un límite de velocidad que no se debe sobrepasar?

Comprendo que cualquiera puede pensar de nuestra relación que vamos demasiado rápido. Es más, supongo que si no se tratara de mí misma yo también lo pensaría. Pero en cierto sentido me siento como Frank McCloud en Cayo Largo. Tengo perfectamente claro en mi cabeza que esta observación es sensata, sin duda. Igual que él tenía claro que lo más sensato era huir, no arriesgar su vida.

Pero cuando la cabeza te dice una cosa y toda tu vida dice la otra, la cabeza siempre pierde. Tengo la sensación, como McCloud, de que toda mi vida ha sido un largo camino hacia este momento, que las experiencias pasadas son las que me han curtido para vivir esto. Tengo la sensación de conocerle desde siempre, un extraño sentimiento de intimidad, de cotidianidad.

¿Por qué, por qué no va a ser sensato amarle, dejarme querer, vivir esta historia sorprendente y mágica al ritmo de los corazones en lugar de al de los relojes?

La cabeza pierde. Aunque algunos sí lo piensen, para mí el amor es incompatible con la medición y las matemáticas, con la estadística y la planificación. Toda mi vida dice "adelante". ¿Quién soy yo para llevarle la contraria?

lunes, 30 de agosto de 2010

Estoy enamorado de ti

-Holly, estoy enamorado de ti.
-¿Y qué?
-¿Cómo que y qué? ¡Qué preguntas haces! Te quiero y me perteneces.
-No. La personas no pertenecen a nadie.
-Claro que sí.
-No dejaré que nadie me ponga en una jaula.
-Yo no quiero ponerte en una jaula, solo quiero quererte.
-¡Es lo mismo!
-No, no lo es. Holly...
-No soy Holly, ni siquiera Lulla Mae. No sé quién soy. Soy como este gato. Somos un par de infelices sin nombre. No pertenecemos a nadie ni nadie nos pertenece, ni siquiera el uno al otro.
Paul Varjak y Holly Golightly
en
Desayuno con diamantes, 1961.
Es desconcertante. He visto Desayuno con diamantes miles, millones de veces, y siempre me he emocionado con esta escena y con el magnífico monólogo de Paul Varjak que viene a continuación. Y siempre me he identificado con el pobre Paul Varjak, enamorado de una mujer asustada y un poco inconsciente como Holly Golightly.

Siempre he llevado las riendas en mis relaciones, siempre he tenido que forzar un ritmo detenido para seguir adelante. Luchar contra los miedos del otro. No estoy acostumbrada a que me correspondan.

Por eso, cuando esta mañana, horas antes de que se cumplan dos semanas desde que nos vimos por primera vez, me ha dicho que está enamorado, me he sentido sobrecogida, sorprendida y asustada a partes iguales. Dos semanas, y tan solo una viéndonos a solas. Y está enamorado. De mí, a quien nunca han amado de verdad.

Es curioso, al observar esta escena siempre me identifiqué con Paul Varjak y nunca me imaginé que acabaría siendo Holly Gilligtly, un pajarillo asustado. He amado mucho, y me han roto el corazón, y nunca me han correspondido. Lo llamaban amor, y era comodidad (uno) o interés (el otro). Y por eso me asusta tanto que hoy, llena de cicatrices, me hablen de amor. Tengo miedo de que vuelvan a herirme. Y sobre todo tengo miedo porque poco a poco, segundo a segundo, él va llenando mi vida, mi rutina, mi pensamiento. Despacio pero segura, me estoy enamorando. Y temo ser una ilusa cuando le miro a los ojos y siento que algo en mi interior me dice que esta vez, por fin, es de verdad.

viernes, 27 de agosto de 2010

Me vi reflejada en ti

-¿Cómo sabías que respondería como lo he hecho?
-Me vi reflejado en ti.
Elisabeth y John en 9 semanas y 1/2 (1986)

Él lleva varios días intentando encontrar una palabra que me defina. Yo, esta mañana, he encontrado la palabra que define cómo lo veo yo a él.

Magnetismo. Es lo único que siento cuando estoy cerca de él. Magnetismo a todos los niveles.

El más evidente es, por supuesto, el sexual. No puedo dejar de mirarle, de tocarle, de besarle. Le deseo cuando está lejos y me mata la impaciencia cuando está cerca. Me estremecen sus caricias. Y en un par de ocasiones he llegado a perder la conciencia de mí misma, solo por una milésima de segundo. No voy a caer en la exageración romántica, ni mucho menos. Una de mis exparejas era un amante estupendo. Pero lo que de verdad me da miedo es que en tan solo un par de días él haya superado no solo todo lo que conozco, sino las expectativas que alguna vez haya podido tener.

Si esto fuera todo, la verdad es que me recordaría muchísimo a la relación de los personajes de 9 semanas y 1/2. Esa atracción imparable que siente Elisabeth hacia John, la sensación de haber perdido su voluntad. "Creo que me han hipnotizado", dice en una ocasión.

Pero hay otros niveles. Hay un magnetismo intelectual, también. Si bien hay muchísima gente que sabe más que yo en la mayoría de los temas que me interesan, lo cierto es que en la vida real me cuesta mucho encontrar a alguien, cuando menos, semejante. Son demasiadas las personas que considero interesantes e inmediatamente me matan con un "yo es que no he visto Casablanca", para añadir un tajante "es que no me gustan las películas en blanco y negro". Personas que no han leído un libro en su vida, o al menos en los últimos 3 años. Por eso me fascina encontrar a alguien que me habla de películas que yo no he visto, o a quien puedo hablar sin sentirme una pedante del empleo subjetivo de la cámara en La senda tenebrosa o la metáfora de los tipos de filtros de luz en Deliciosa Martha.

Y el magnetismo en la personalidad. El sentir que entiende la vida de una forma parecida a como la entiendo yo. O escuchar anécdotas que cuenta, tan diferentes a las de mi propia vida, pero sentir que en el fondo, nuestras vidas son dos metáforas acerca de la misma idea. Me dan ganas de decirle: "siéntate aquí, cuéntamelo todo, desde tu primer recuerdo hasta hoy". No me canso de escucharle.

Por último, me fascina su sentido del humor. Sencillo, sin pretensiones. Directo. Inteligentísimo. Me hace reír, pero esta risa que sale desde dentro. Natural. Una risa que fluye. Sincera.

Él lleva varios días intentando encontrar una palabra que me defina. Y hemos pactado, de momento, no buscar una palabra que nos defina a ambos, que defina lo que estamos viviendo. Pero tengo vértigo, por la sensación de haberme visto reflejada en él. De no comprender ese poder magnético, desde el primer momento, que ha tenido en mí el que es casi un desconocido. De añorarle tanto conociéndole tan poco. Tengo miedo.

martes, 24 de agosto de 2010

Vaya a por él

Usted no tiene los huesos de cristal, puede soportar los golpes de la vida. Si usted deja pasar esta oportunidad, con el tiempo su corazón se irá volviendo seco y frágil como mi esqueleto. ¿A qué espera? Ande, vaya a por él.
El señor Raymond en Amélie (2001)
A veces es necesario correr riesgos, aunque temamos hacernos daño, aunque estemos asustados. Llevo unos días un poco paralizada, sobre todo por la sorpresa. He conocido a alguien y... no lo esperaba tan pronto ni tan rápido. Apenas lo conozco, pero me gusta. Mucho. Estoy ilusionada y asustada a partes iguales. Pero no pienso dejar que el miedo me seque el corazón. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

jueves, 19 de agosto de 2010

¿Te casarás conmigo?

-Te casarás conmigo, ¿no?
-No lo sé.
-¿Pero puede ser?
-Puede ser.
-¿De verdad? ¿Te casarías conmigo?
-Sí.
-Cuándo?
-No sé.
-¿Qué te parece mañana? Lo creerán precipitado, pero...
-No lo sé, no sé qué es lo que me pasa...
-Estás indecisa, ¿verdad? Pues no debes estarlo, nos casaremos.
-No podremos hacerlo.
-Sí podremos.
Ben Braddock y Elaine Robinson en El graduado (1967)
He visto El graduado varias veces, y confieso que las primeras me quedaba con la sensación de no haberla entendido del todo. Hace un par de meses vi otra película en que culpaban al protagonista de ser un romántico por la influencia de haber escuchado demasiado pop británico y una mala interpretación de El graduado. Esa idea me ha tenido pensando una buena temporada.

Creo que esa mala interpretación es precisamente la que hace Ben. La película acaba cuando otra historia comienza, la historia de Ben y Elaine. No sabemos si Elaine anula su matrimonio, si se casa con Ben, si son felices, si sus familias alguna vez les perdonan por el escándalo. La película tiene un final en apariencia feliz que precisamente por eso me parece líricamente trágico.

Ben ha sufrido una transformación. Al principio de la película se siente vacío, poco después manipulado (maravillosa la escena en que sus padres lo convierten en un objeto al obligarlo a aparecer ante todos sus conocidos como aquel buzo del acuario en su habitación. Y su vía de escape para esto es el sexo, el morbo, la traición consciente a los valores tradicionales. Pero entonces llega el amor, inesperado, y transforma a Ben. Pero nuestro Ben adopta esa actitud inocente, un poco naif. Comete el error de que el amor vence todas las barreras. De que la insistencia y la fuerza de voluntad son premiadas.

Desgraciadamente, el amor no funciona así. No es insistencia, no es voluntad, ni siquiera es lo que tradicionalmente conocemos como romanticismo. Mi problema es que creo en el amor, pero, pese a que tengo muy claro lo que no es, aún no me siento capaz de definir lo que es. Tal vez tendría que volver a reinterpretar El graduado.

viernes, 13 de agosto de 2010

¿Nos conocemos?

-Nos conocemos?
-¿Por qué habíamos de conocernos?
-No sé, me lo ha parecido.
-Conozco ya a muchísimas personas. Hasta que haya bajas no me queda lugar para nuevas amistades.
-En cuanto uno de sus amigos muera, avíseme.
Peter Joshua y Regina Lampert en Charada (1963)

Envidio la seguridad y la firmeza de Reggie Lampert en esta escena de Charada, alejando de su vida al que en principio le parece un moscón. Me sorprende esa suficiencia inicial, aunque sinceramente según avanza la película te das cuenta de que Reggie Lampert es una mujer que está casi completamente sola.

Eso es lo que me sucede a mí. Sé que es una elección que yo misma tomé, pero me volqué en una relación con alguien que no solo vivía en una ciudad diferente, sino también diferente a la de sus padres. Eso se traducía en salir todos los fines de semana que me era posible, en pasar las navidades, la Semana Santa, los veranos en casa de su familia... Dejé de viajar porque todo mi presupuesto se destinaba a ir a verle, dejé de ver a amigos porque apenas estaba en mi ciudad, abandoné muchos de mis hobbies porque no tenía tiempo... Yo creía que merecía la pena, pero ahora me veo casi completamente sola.

Pero no es tan fácil hacerse con un círculo de amistades. Especialmente con los hombres. Ya lo he dicho, temo que se confunda el interés por una persona con el interés (amoroso) por un hombre. Que también espero que llegue, por supuesto, pero de momento no ha pasado. Y no quiero tener que rechazar ofertas de ir a tomar algo por miedo a que el interés sea otro, me apetece demasiado conocer gente nueva como para dejarme llevar por ese miedo.

Así que, de momento, no es necesario que haya bajas para admitir a nuevas amistades. A ver si hay algún Cary Grant disponible...

lunes, 9 de agosto de 2010

Preciosa

-Deberías ver tu cara.
-¿Qué le pasa a mi cara?
-Que es preciosa.
Peter Joshua y Reggie Lampert en Charada (1963)

Me ponen muy nerviosa los piropos, sean esperados o inesperados, deseados o indiferentes. Me aturden. Me quedo petrificada. No sé reaccionar.

Soy muy femenina, me gusta arreglarme, ponerme un vestido bonito y unos altos zapatos de tacón. Y como es normal, me gusta que se fijen en eso. Que alaben mi aspecto, que se fijen en el vestido, que digan algo de mis ojos verdes.

Pero no sé reaccionar. Suelo responder al piropo con una sonrisa tímida, tal vez un "gracias".

Tengo 30 años y no sé cómo responder a un piropo. Especialmente si me agrada. A veces me pregunto cómo voy a conseguir alguna vez una cita si no sé ni responder a un piropo.

domingo, 8 de agosto de 2010

Si me acuesto con usted...

¿Le importa si me acuesto con usted un ratito? No se preocupe, se lo aseguro... Somos amigos, eso es todo.
Holly Golightly en Desayuno con diamantes (1961)
Esto de la atracción es terrible, sobre todo porque a menudo no es mutua. Hace poco que ha entrado un nuevo amigo en mi vida, y me encanta. Tenemos mucho de lo que hablar, tomamos unas copas, reímos juntos.

El único problema es que no sé qué es lo que busca, pero sé que se siente atraído por mí. Y a mí él me encanta, me parece muy buena persona, simpático, educado, agradable... pero desgraciadamente no me atrae en absoluto. No es cuestión de físico, en absoluto, aunque sería cínico negar que es relativamente importante, yo no suelo de ser de atracciones a primera vista, sino más bien a tercera o cuarta, y lo que me conquistan son las conversaciones. Conversaciones las tenemos, y bastante buenas. Pero no hay química, no me atrae.

Esa situación me cohíbe un poco, tengo que admitirlo. Él es tímido, y me enternecen sus torpes flirteos. Pero tengo que andar con mucho cuidado para que no dé por hecho que es correspondido. Me apetece pasar tiempo con él, pero solo como amigos. Y  en la vida real eso no es tan fácil como en las películas. En la vida real hay malos entendidos, situaciones incómodas y amistades que pueden romperse por un rechazo amoroso.

¿Creéis que es posible que un hombre y una mujer sean amigos, solo amigos?

jueves, 5 de agosto de 2010

Lo que no supe seguro contigo

-Solo me levanté un día y lo supe.
-¿El qué?
-Lo que no supe seguro contigo.
Summer Field y Tom Hansen en 500 días juntos (2009)
Hay creyentes e incrédulos, en esto del amor.

Estamos los que creemos en el amor y su poder de colorearlo todo. En que el amor puede cambiar nuestra vida. Y en que sin esa sensación nuestra existencia es mucho menos interesante.

También están los que no creen, en mayor o en menor medida. Los hay que consideran la pareja igual que una inversión en bolsa, hablan de compatibilidades y estudian las costumbres comunes. Los hay que no desean una relación, porque valoran mucho más su independencia. Los hay que tienen demasiado miedo a resultar dañados como para arriesgarse a vivirlo.

No sé si es por influencia del pop británico, por las muchas películas que he visto o, simplemente, porque en el amor la fe sigue siendo creer sin necesitar un motivo, sin causa aparente. Pero yo creo que en el fondo los no creyentes, simplemente, son los que no han vivido el electrizante golpetazo del amor. Que, si se encuentran con la persona adecuada, un día se levantan con una certeza, de pronto saben lo que nunca supieron con las otras personas que se cruzaron en su vida.

Estoy deseando que me encuentres. Y que sepas conmigo lo que no supiste seguro con todas las demás.

martes, 3 de agosto de 2010

Víctimas y aprovechados

-Soy de esas personas quen no saben decir no. No me refiero a las chicas, me refiero a...
-A las personas como el señor Sheldrake.
-Sí, eso es.
-Ya comprendo. Usted es una víctima.
-¿Una qué?
-Hay víctimas y aprovechados. Es el sino de cada cual, y no tiene remedio.
Buddy Baxter y Fran Kubelik en El apartamento (1960)
Si hay víctimas y aprovechados, si así se divide el mundo, eso me convierte en una víctima. Y no me gusta.

Soy una persona incapaz de decir no, y lo que es peor, incapaz de pedir algo, por pequeño que sea. Si puedo hacer algo por una persona a la que quiero lo hago con muchísimo gusto, pero pasado un tiempo tiendo a sorprenderme cuando descubro que la relación está completamente desbalanceada. Yo tengo mi parte de culpa, como digo lo doy todo sin negarme a nada y nunca pido lo que necesito (tal vez porque lo que más necesito es que se interesen por hacer algo por mí sin que yo tenga que pedirlo).

No me gusta sentirme una víctima, sentir que se han aprovechado de mí. Pero tampoco me siento una persona capaz de llevar una contabilidad emocional, me gusta entregarme sin límites, y tal vez soy demasiado idealista pero aún tengo la esperanza de toparme con alguien que comparta esa filosofía.

Lo que de verdad me apena es que, cuando me conciencio de que debo aprender a decir "no" en algunas ocasiones, cuando por fin lo llevo a la práctica, me encuentro con grandes sorpresas. Me encuentro con el rechazo. Y me siento como Buddy Baxter, a quien solo adulaban para conseguir unas horas en su precioso apartamento de soltero. Me siento utilizada.

No quiero dejar de ser yo misma, no quiero dejar que las decepciones pasadas acaben con mi esencia: soy una persona que se entrega y ese es uno de mis mejores valores. Pero tengo miedo, un miedo insoportable, basado en estas experiencias. Un miedo que espero poder superar. El miedo a que me quieran por lo que doy, en vez de por lo que soy.

lunes, 2 de agosto de 2010

De vuelta

-Volveré.
El terminator en Terminator II: el juicio final (1991).

Ha pasado algún tiempo desde el último post, casi un mes. Necesitaba unas vacaciones de todo, pero sobre todo de pensar. Soy una persona que todo lo reflexiona, todo lo medita, y eso puede llegar a ser agotador, sobre todo cuando se está viviendo una etapa de tantos cambios como esta por la que yo atravieso ahora.

Por eso, me he dedicado durante algunas semanas simplemente a vivir. A intentar confiar en mis impulsos más que en la razón, que tantas veces me ha fallado. Y he hecho lo que he necesitado de verdad: leer novelas, tumbarme al sol, reencontrarme con viejos amigos.

Pero nunca he querido abandonar este blog que con tanto cariño creé. Así que aquí estoy esta noche, con la promesa de volver mañana mismo con una nueva película, una nueva reflexión.

viernes, 9 de julio de 2010

À la folie

Todos soñamos con hallar nuestro gran amor, pero yo tuve un sueño más fuerte que los demás.
Angélique en À la folie, pas du tout, 2002
[Aviso: el post contiene spoilers, si no has visto la película, cuidado]

Hace mucho tiempo que vi esta película, cuyo título en España tuvo la horrible traducción (no sé quién se dedica a traducir los títulos de las películas, pero desde luego a veces se lucen) de Solo te tengo a ti. Una película que pasó bastante desapercibida, pero que a mí me hizo pensar hasta el punto de seguir recordándola hoy (¡son tantas las películas que olvidamos a los 15 minutos de salir del cine!).

La protagonista, Angélique, se nos presenta enamorada e ilusionada, aunque pronto comenzarán las decepciones. Solo al final de la película descubriremos la verdad: que todo ese amor está únicamente en su cabeza, ya que Angélique padece un trastorno psicológico que se denomina erotomanía, la creencia ilusoria de que otra persona está enamorada de ella.

En la película el punto de vista es fundamental: si bien en la primera parte nos identificamos con Angélique y nos compadecemos de ella, en la segunda parte nos queda claro que está seriamente trastornada. Y la cuestión que a mí se me plantea desde aquella tarde de domingo en que vi aquella película es: si en esto de las "dolencias" psicológicas siempre hay grados, y todos conocemos a alguien un poquito neurótico que no llega a los límites del trastorno obsesivo-compulsivo de Melvin Udall en Mejor... imposible, ¿pueden existir grados de erotomanía? Cuando nos engañamos a nosotros mismos en asuntos de amor, cuando dejamos que nuestro subconsciente nos cuente mentiras, cuando no queremos ver lo que no nos interesa, ¿no estamos siendo un poco erotomaníacos?

Hace un par de semanas, por casualidad, me ofrecí a ayudar a una chica y nos caímos bien de forma instantánea. Intercambiamos teléfonos y desde entonces nos hemos mantenido en contacto. La segunda vez que la vi estaba con su novio, y de pasada les comenté mi actual situación sentimental. Ella sonrió a su novio y me confesó que cuando le habló a él de mí le dijo que le parecía una chica encantadora y que tal vez haría buenas migas con un amigo suyo. No es que el tema me obsesione ni mucho menos, pero tal vez quedemos mañana para tomar algo, y me pregunto si dentro del grupo estará aquel amigo, y si tal vez su intuición habrá sido buena y nos caeremos bien, esas cosas pasan. Luego recapacito y me doy cuenta de que estoy fantaseando sin ninguna base real.

He aprendido mucho de mis decepciones amorosas. Y quiero pensar que la próxima vez lo haré mejor, no cometeré los mismos errores, no permitiré que cometan los mismos conmigo. Pero a ratos tengo miedo, porque tal vez no tengo remedio. Tal vez tengo tantas ganas de amar y ser amada que no veo la realidad. Y eso me aterra.

miércoles, 7 de julio de 2010

El mayor beneficio

Veréis, cuando reviso mi insignificante vida y todas las mujeres que he conocido no puedo evitar pensar en todo lo que han hecho por mí y en lo poco que he hecho yo por ellas; en cómo cuidaron de mí, se preocuparon por mí, y yo les correspondí no devolviéndoles nunca el favor.Sí, creía que era el que sacaba mayor beneficio.
Alfie en Alfie, 2004
El día de mi cumpleaños salí a cenar con mi padre. Él está pasando por una crisis en su relación de pareja. Conversamos largo rato, y llegado cierto punto me dio el consejo de que nunca me implique al 100% en una relación, que siempre me guarde un as en la manga, que esté pendiente de otras posibilidades. "Pero papá", le dije, "yo no sabría tener una relación de esa manera, y aunque lograse aprender, me parecería una relación tan vacía como cínica". "Entonces", sentenció mi padre, "me temo que vas a sufrir tanto como he sufrido yo".

En estos últimos días estoy pensando mucho en esa conversación con mi padre, y también en la película Alfie. Yo he salido de mi última relación con la sensación de haber hecho lo posible y lo imposible, no fui simplemente novia, sino compañera, correctora, crítica, maquetadora, diseñadora gráfica, traductora, psicóloga... sin embargo, él nunca llegó a comprometerse del todo en la relación. Era increíblemente demandante, pedía favores y atención constante, y yo se lo daba. Ahora me siento tonta y vacía, pero he de reconocer que cuidarle me hacía feliz.

Lo peor del caso es que decidimos quedar como amigos, y desde que, hace poco más de dos meses, él decidiera terminar la relación, ha seguido, de vez en cuando, pidiendo favores, y yo, como amiga, se los he hecho, pero recibiendo el mismo agradecimiento (o menos aún) que antes. Poco a poco me va minando una triste decepción, ya fue duro dejar de quererle, pero no quiero pensar, no quiero creer que lo único que él quiera de mí sea, precisamente, esos "servicios" que le presto. Y desgraciadamente empiezo a comprobarlo.

Sin embargo, por quien más pena siento es por él. Yo soy una romántica, una humanista, y estoy acostumbrada a llevarme decepciones porque la gente rara vez se entrega en la medida en que yo lo hago. Pero, curiosamente, pienso que hay personas que reciben todo y sin embargo están vacías, aunque ese vacío al principio no se note, pero llega un día en que se levantan y se dan cuenta de que están solas, porque no se han esforzado en establecer vínculos de verdad con nadie, porque no se han preocupado por nadie, porque nunca han dado nada.

Yo he de enfrentarme al vacío que deja habérselo dado todo a una persona que no sabe valorarlo ni agradecerlo, pero sin embargo estoy llena. Llena de mi enorme capacidad de amar, llena de esperanzas y sueños, llena de solidaridad y ganas de entregarme al 100% a todo el que quiera compartir un trocito de su vida conmigo: amigos, familia, pareja. Y por muchos disgustos que esta forma de ser pueda acarrearme, me aporta algo importantísimo: el sentir respeto por mí misma y la satisfacción de sentirme una buena amiga. Una buena persona. No sabría encontrar otra manera de sentirme completa.

sábado, 3 de julio de 2010

Oportunidades

Las oportunidades marcan nuestra vida, incluso las que dejamos pasar.
Benjamin Button en El curioso caso de Benjamin Button, 2008

Inauguré este blog hace pocos días, con motivo de mi 30 cumpleaños. Y desde entonces he mantenido la costumbre de escribir cada día, porque estoy llena de pensamientos y sensaciones y siento que tengo mucho que decir últimamente, mucho que pensar.

Sin embargo, el escribir a menudo es una sana costumbre en esto de los blogs que desgraciadamente es difícil mantener de forma constante, porque las vicisitudes de nuestra vida cotidiana a veces nos lo impiden.

Hay oportunidades que no debemos dejar pasar, y ahora mismo se me presenta una de ellas, que decidirá en mucho mi futuro profesional, y eso me obligará a estar desconectada hasta el lunes por la noche. Espero que sepáis comprenderlo y esperarme hasta mi regreso. Un saludo a todos.

Yo soy...

Yo soy fea, y torpe, y siempre digo alguna inconveniencia. Voy por la vida rechazando propuestas perfectamente buenas. Me encanta nuestra casa, pero soy tan inconstante que no puedo seguir aquí. Lo siento, lo siento. Algo no va bien en mí. Quiero cambiar, pero no lo consigo, y sé que nunca encajaré en ninguna parte.
Josephine March en Mujercitas, 1994

Hace unos días me llamó la atención un ejercicio que leí en alguna página de internet: escribir una lista con las cualidades que tenía tu hombre ideal, pero incluyendo también en la lista todos los defectos que seamos capaces de pasar por alto. Me pareció muy interesante, y me ha tenido pensando bastante tiempo, sobre todo, claro, por lo de los defectos. Es cierto que todos hemos tenido esa sensación de descubrir algo de una persona y ver una señal de "stop" en nuestra cabeza. Por ahí no estamos dispuestos a pasar. Pero también hemos perdonado ciertos defectillos a nuestras parejas, que incluso nos parece que la hacen encantadora. En cierto modo, me recuerda a cuando en Charada Regina Lampert (Audrey Hepburn) le dice a un Cary Grant que miente más que habla: "¿Sabes qué tienes de malo?" "¿Qué?" "Nada".

Una de las primeras cosas que me hizo sentirme como una idiota tras mi reciente ruptura fue darme cuenta de que, mientras yo había soportado con toda la dignidad posible los defectos de mi contrario (que los tenía, como cualquiera), a él parecían molestarle increíblemente los míos. Eran continuas las quejas, las correcciones, los consejos. Debí darme cuenta...

No he hecho la lista de mi hombre ideal, pero hace días que me ronda la idea de que si la caridad bien entendida comienza por uno mismo, tal vez debería analizar lo que tengo yo que ofrecer, tanto en lo bueno como en lo malo. Como en casi todo en esta vida, me temo que será relativo: una vez me reprocharon que soy cariñosa, así que estoy segura de que habrá defectos que a algunos no se lo parezcan y virtudes que otros no puedan soportar. Igualmente, hay algunos defectos que lucho por superar, y otros que sé que forman parte de mí misma, y poco puedo hacer para remediarlo. Pero por primera vez, en un ejercicio de nudismo psicológico, voy a atreverme a listar los que creo que son mis peores defectos y mis mejores virtudes.

Soy bastante tímida aunque no lo parezca, y me pone muy tensa hablar cuando hay un grupo numeroso escuchando. Con dos o tres personas funciono bien, pero añade una o dos más y me pongo frenética. También soy bastante exagerada, y un poco melodramática en mi forma de sentir las cosas. Tiendo a hablar sin pensarlo demasiado, y el resultado es que a veces meto la pata o acabo diciendo alguna inconveniencia. Soy desordenada, aunque lucho por aprender a mantener mis cosas en orden, pero incluso mi orden es raro. También soy un poco torpe, tropiezo con facilidad y de pequeña se me daban fatal los deportes (aunque ahora hay alguno que sí me gusta). Cuando algo no me interesa, no me interesa en absoluto, y esto significa que soy una absoluta ignorante en cuanto a fútbol o economía. Tengo una relación un poco rara con mi familia, que no todos llegan a comprender. Cuando estoy molesta o enfadada, lo mejor es dejarme en paz porque prefiero que me dejen pasar el berrinche sola y tengo bastante mal genio. Cuando algo sale mal, me desanimo con facilidad, pero si tengo a una persona positiva al lado no me cuesta mucho rato contagiarme. Tengo la autoestima bastante frágil, así que no soporto nada bien las críticas, ni me gusta que me imiten porque me siento ridiculizada. Aunque me encanta bailar, sé que no lo hago bien, así que solo bailo en público cuando he bebido algunas cervezas (por aquello de la autoestima baja), y al principio de una forma ridícula, solo moviendo los pies al ritmo de la música por no desentonar dentro del grupo. No me gusta mi sonrisa, y esta es la verdadera razón por la que soy muy poco fotogénica: por mucho que intente relajarme, siempre me sale una sonrisa falsa. Ah, y soy bastante mala con el dinero, pero puedo decir con orgullo que en los últimos meses he estado luchando contra eso y ahora tengo por primera vez mis pequeños ahorrillos. Soy muy llorona, por lo bueno, por lo malo y por lo regular, así que quien conviva conmigo ha de aprender a no darle importancia a las lágrimas, porque a veces no la tienen.

En contrapartida, tengo algunas cosas que me gustan mucho de mí misma. Soy cariñosa y sensible, me gusta mucho escuchar y me considero una buena amiga. Soy abnegada y generosa, y cuando quiero a alguien (de la forma que sea) lo quiero sin medida. Soy muy apasionada, y cuando algo me interesa me entrego al 110%. Soy una persona fiel, en todos los sentidos. Soy creativa e imaginativa, y terriblemente perfeccionista (esto podría llegar a ser un defecto). Me gusta arreglar cosas, y eso incluye desde retapizar las sillas del salón hasta desatornillar el dvd cuando no funciona a ver si consigo hacer algo (y en la mayoría de los casos, lo consigo). Se me dan bien los ordenadores, adoro aprender a usar programas nuevos y estar a la última. Me encanta cocinar, y creo que lo hago bastante bien, aunque siempre estoy intentando inventar nuevas recetas y experimentar nuevos sabores. Además, para mí la presentación es muy importante, así que cuando te sirva esa bandeja de langostinos fíjate en que están cuidadosamente colocados uno a uno. Me considero una buena anfitriona, me gusta agasajar a quien viene a visitarme. Me gusta hablar largo y tendido después de haber visto una película, y suelo descubrir aspectos que pasan inadvertidos y metáforas emocionantes en las imágenes. Me encanta arreglarme, y aunque habitualmente apenas llevo maquillaje, me gusta hacerlo para las ocasiones especiales, jugar con los vestidos y sus complementos y llevar todos los días altos zapatos de tacón. Tengo muy claro lo que me gusta y lo que no en cuestiones de moda, y tengo un estilo muy personal y algo ecléctico. Soy muy femenina, y muy romántica. De mi físico lo que más me gusta son mis ojos, verdes. Soy hogareña pero me encanta salir de tapas o a cenar por ahí, incluso a bailar si la cosa se anima. Me gusta mucho viajar pero siempre que pueda ir a mi aire, rehuyo de lo organizado (de hecho cuando hago turismo prefiero comer una pizza o un bocadillo sentada en los escalones de una plaza que hacerlo en un restaurante).

Esta soy yo, lo peor y lo mejor, y alguna cosa que seguro que me he dejado en el tintero. En la película cuya cita encabeza este artículo, Jo March le dice a Friederich Bäehr: "Soy defectuosa sin remedio", a lo que éste le contesta: "Creo que todos somos defectuosos sin remedio". Me pregunto si en este momento habrá alguien escribiendo una lista de lo que quiere en una mujer y los defectos que está dispuesto a perdonar, y si esa lista se parecerá a la que yo acabo de hacer. Alguien, como yo, defectuoso sin remedio y con muchas ganas de amar.

viernes, 2 de julio de 2010

¿Cree usted en el amor?

-¿Puedo preguntarle algo? ¿Cree usted en el amor que dura eternamente?
-Quería a mi madre.
-No. Todo el mundo quiere a su madre, incluso los que dicen que odian a su madre. La cuestión es: ¿un hombre nace para amar hasta la muerte a una mujer?
-Pero esa no es una pregunta interesante, es la pregunta de una niña pequeña que cree en los cuentos de hadas.

Kate y Luc Teyssier en French Kiss, 1995

Tal vez soy una niña pequeña y probablemente creo en los cuentos de hadas, pero la pregunta ¿crees en el amor? me parece fundamental y no llegas a conocer a una persona hasta saber el tipo de respuesta que daría. Los hay románticos, los hay prácticos, los hay que no creen en el amor sino en la química, los hay que no creen en las relaciones... incluso los hay que piensan que el amor es un invento burgués.

Si a mí me plantean esa pregunta hoy, tal vez no responda de forma tan tajante como hace unos años, pero en resumen mi respuesta ha de ser sí. Pese a todas las decepciones, sigo teniendo fe. Creo en el amor, y en que el amor, si se cuida por dos personas, puede durar para toda la vida. Aunque recientemente he aprendido que también uno puede desenamorarse a propósito para no sufrir, y esta información, para casos de amores no correspondidos, me ha resultado reveladora.

Y lo que ahora me resulta más increíble: creo en el amor precisamente por mi reciente desengaño. Tras el dolor y la decepción, he sacado algo bueno: me he dado cuenta de que he querido incansablemente a una persona, que he pasado por alto sus defectos, que no me han importado sus desplantes, y mi amor no ha flaqueado por un segundo. Si yo he sido capaz de sentir eso día tras día, es que es posible. Simplemente he de encontrar a alguien que sienta lo mismo por mí.

Creo en el amor, y en que sin amor la vida es mucho menos interesante. Pero también creo que hay saber elegir a quién querer, y, sobre todo, hacerle, antes de que pase mucho tiempo, esta pregunta. Yo, hoy por hoy, no sé si creo en otras muchas cosas, pero creo en el amor que, con paciencia y cuidado, nos puede durar eternamente. Y estoy dispuesta a compartirlo.

jueves, 1 de julio de 2010

A solas con un hombre

No he estado nunca a solas con un hombre ni siquiera vestida. En ropa interior es aún más extraño...
La princesa Anne en Vacaciones en Roma, 1953

Una de las cosas que más miedo me da en estos días es mi inexperiencia en asuntos de amor. Quizá no tan exagerada como en la cita, pero soy una completa ingenua. Admitámoslo, estamos en el siglo XXI y una chica como yo, con 30 años, lo normal es que tenga cierto bagaje sentimental, además de alguna que otra anécdota de soltera que compartir con las amigas en la típica noche de chicas. Sin embargo, mi historia es tan corta y tan absurda que casi parece de película (el director cambia según la edad).

A los 13 años tuve un amor de niñez, un chico al que conocí en un viaje que hice gracias a un concurso escolar, del que me hacía gracia su acento jienense y por quien por primera vez sentí lo que es la pubertad, que me atraían sus ojos, su pelo y sus labios. Me consta, y más con la experiencia de hoy, que la atracción era mutua, pero nunca nos dijimos nada. Luego sí, tuvimos una especie de relación tímida por carta en que nunca nos decíamos nada en claro pero lo decíamos todo a medias. Una vez nos vimos, y guardo un recuerdo precioso, y sellamos nuestra historia con un precioso beso de despedida que me dio en la mejilla, aunque un poco cerca de la boca.

A los 16 me enamoré por primera vez. Lo que sentí entonces nunca lo olvidaré, y aún sonrío cuando pienso en él. Tenía los ojos verdes, era alto y un poco desgarbado, le gustaba la poesía y el cine y teníamos conversaciones interminables. Recuerdo, especialmente, cuando bailamos aquel baile lento, cuando yo estrené aquel vestido que compré especialmente para la ocasión, negro y escotado, mi primer vestido de mujer. Y, salvo algún beso adolescente y muchos paseos de la mano, eso fue todo. Desgraciadamente, no podía ser, porque nos conocimos en el extranjero y él era del norte de España, así que pasó el verano y yo quedé con el corazón roto y llena de suspiros.

Ahí fue cuando conocí a mi primer novio, con el que, hoy tengo que admitirlo, lo que me unió fue, como sentenciaría mi madre años más tarde, "que tenías ganas de pasar página y enamorarte, y lo hiciste por cabezonería y no con el corazón". Pues bien, la cabezonería me duró años y años, porque, vuelvo a decirlo, soy una ingenua, y pensaba que el haber empezado con aquel novio significaba que debía ser para siempre, para demostrar que era diferente a mis padres. Claro, acabé con una depresión.

Y, finalmente, él. Fuimos amigos durante mucho tiempo, aunque siempre hubo cierta atracción. Pero yo estaba con alguien y él era un Don Juan que cambiaba de chica como de camisa. Era mejor así. Pero claro, cuando dejé de tener una excusa pasó poco tiempo hasta que la química actuase por sí sola. Me sorprendió cuando no fui una más, cuando me propuso una relación, cuando me presentó a todo el mundo como su novia. No sé en qué momento perdí la perspectiva, pero lo hice. Me enamoré total y completamente, como nunca lo he estado de ningún hombre, llegando a pasar por alto cualquier atisbo de cordura. Me entregué sin reservas y sin condiciones, y el balance es que, tres años y poco más tarde, aquí estoy con mi corazón roto.

Y eso es todo. A mis 30 años, puedo decir que solo he tenido dos novios, que nunca he ligado en un bar, que nunca he buscado el amor.

Pero ahora sí lo quiero. No los flirteos de una noche, ni los encuentros casuales, porque no sé si es que ya me pasó la edad de eso ocupada en una pareja, o que simplemente no soy esa clase de chica. Pero estoy sola y no me gusta. Me encanta querer, y me gustaría que me quisieran, trabajar una relación, formar una familia.

Y estoy muerta de miedo. Porque mi vida amorosa ha sido muy poca, y siempre sobre seguro. Y no sé qué pasos dar, no sé qué hacer. En cierto modo siento, como la princesa Anne, que nunca (casi nunca) he estado con un hombre a solas. Que todos (y todas) las de mi edad me llevan ventaja y me ganan en picardía. Y eso me da un miedo terrible.

miércoles, 30 de junio de 2010

He dejado de quererte

-He dejado de quererte.
-¿Desde cuándo?
-Desde ahora, hace un rato.
Alice Ayres y Dan Woolf en Closer, 2004
Para mí fue un jarrazo de agua fría. Yo pensaba que él tenía miedo al compromiso, que se aferraba a su soltería, pero que al fin y al cabo su relación conmigo había sido la única estable y duradera de su vida, y eso tenía que significar algo. Por eso, cuando después de tres años de total devoción hacia su persona me dijo por teléfono que tenía la sensación de seguir conmigo por inercia, porque estaba bien conmigo y ya está, pero que no estaba seguro de querer comprometerse conmigo y no quería "tenerme entretenida", me dejó helada.

Pasé por cientos de estados en pocos días: la incredulidad, la desesperación, el mendigar su amor, los reproches, el miedo. Al cabo de unos días me puse a repasar mentalmente mi historia y por primera vez se me pasó por la cabeza: no ha pasado nada, no se ha estropeado en ningún momento, simplemente él nunca me quiso de verdad.

Pero una cosa es pensar y otra asumir. Así que seguí deleitándome en ese le doleur exquise, comprendiendo mejor que nunca los versos de Pedro Salinas: "No quiero que te vayas / dolor, última forma / de amar". Recordaba aquellos mensajes que me mandó por el móvil, aquel beso apasionado bajo la lluvia en Francia, aquel poema que me susurró al oído a la orilla del río, tantas veces que me dijo "cariño, somos un equipo", aquel primer beso que me hizo estremecer, aquel último beso que fue cotidiano porque yo no sabía que sería el último.

Y así fueron pasando los días, en el dolor más desgarrador que he pasado jamás, el dolor no del corazón roto, sino de los proyectos rotos, los sueños rotos, las esperanzas hechas añicos, y la vergüenza de haber sido tan tonta como para no leer tres años de señales de que jamás me ha querido.

Y al día 27 de mi dolor, me llegó por correo aquel libro. Cómo desenamorarse, de mi amigo Víctor Encinas. Me animé a leerlo por dos razones, la primera "no puedo estar peor de lo que estoy" y la segunda "está escrito con sentido del humor, si consigue hacerme reír ya merece la pena". Empecé a sonreír en la página 14, quitándome un enorme peso de encima: me estaba riendo de mi misma, la completa idiota que se veía retratada en esas páginas.

El libro lo leí en pocas horas, aquella tarde estaba terminado. Y lo cerré con la seguridad de haber ganado perspectiva. Sobre la mesa tenía un cuaderno con algunas notas que tomé durante la lectura. Cinco pasos, únicamente cinco pasos para dejar de sufrir. ¿Sería de verdad tan fácil? Me recosté en el sofá y, mientras entraba en una especie de ensoñación, me empeñé en practicar, por primera vez, uno de los pasos que Víctor proponía en su libro. Después lloré unos minutos, y me quedé profundamente dormida.

Aquella noche mantuve una conversación con una amiga, y al cabo de un rato ella empezó a hablarme de él, de sus últimas noticias. Y por primera vez no me dolió, sentí alivio. "¿Sabes?", le dije a mi amiga, "creo que he empezado a dejar de quererle".

martes, 29 de junio de 2010

¿Usted escribe cada día?

-Dígame, ¿usted escribe cada día?
-Sí.
-¿Hoy?
-Sí.
-Es una máquina muy bonita.
-Ya lo creo, y solo escribe prosa rimada con un sentimiento prometedor.
-Pero no tiene cinta.
-¿De veras?
-No.
Holly Golightly y Paul Varjak
en Desayuno con diamantes, 1961

Una de las grandes pasiones en mi vida ha sido siempre la literatura. Fui una lectora empedernida desde los 5 años, y muy pronto decidí que de mayor quería ser escritora. Y empecé a escribir cuentos y poemas. Me publicaron algunos relatos en la revista del cole y gané algún concurso literario infantil. Tenía un futuro prometedor por delante.

La primera vez que mi padre me dijo que yo voy a ganar el Premio Planeta tendría yo 10 o 12 años, como mucho. La última fue la semana pasada. Yo le pongo una bonita sonrisa, no quiero decepcionarle porque es mi mayor y único fan.

La verdad es que dejé de escribir hace demasiado tiempo. A mitad de mis años de universidad. De pronto, releí mis textos y me parecieron ridículos, y sentí que yo no podía darle nada especial al mundo. No tenía nada que decir. Pero nunca quise decirle a mi padre, mi único fan, que no voy a ganar el Premio Planeta.

Eso no significa que haya podido vivir sin escribir. Este no es en absoluto mi primer blog, llevo años escribiendo por este medio, porque parece que el anonimato de internet vence mi pudor y porque en realidad esto no es literatura, es comunicación. De hecho la razón por la que escribo en blogs es porque a mí escribir siempre me ha ayudado a pensar (de adolescente llenaba cuadernos cuando algo me preocupaba), y la ventaja de internet es que los desconocidos que leen no suelen juzgarte y a veces dan consejos muy sabios.

Además de eso, publiqué un libro hace unos años. Pero era un libro de otro tipo, un libro profesional, sobre mi especialidad, no literatura.

Hace unos días tuve la idea de comenzar este blog porque me apetece seguir comunicándome por este medio pero estoy en una nueva etapa de mi vida, muy diferente. Pero lo que no se me quita de la cabeza es lo otro. ¿Qué fue de aquella niña que quería ser escritora?

En el fondo, conozco la respuesta. Tengo miedo. Miedo a no encontrar una historia que merezca la pena contar. Y sobre todo miedo a que me juzguen, y a considerar ciertos esos juicios. He sido durante varios años la fiel novia de un escritor, a la sombra de sus textos, siendo su correctora y su mayor crítica, y sé que en parte esa era mi forma de calmar ese deseo reprimido.

Pero esta vez he hecho un propósito para el futuro. No sé cuándo, ni cómo, ni sobre qué, pero tengo que volver a escribir. No por ganar el Premio Planeta, como me dice siempre mi padre, sino porque sé que lo que más miedo debe darme es precisamente el miedo a ser lo que quiero ser.

No intento alcanzar la luna...

-No intentes alcanzar la luna, hija.
-No, padre, ¡la luna intenta alcanzarme a mí!

Thomas Fairchild y Sabrina Fairchild en Sabrina, 1954


Si lo pienso me parece que fue ayer, y haciendo memoria me acabo de dar cuenta de que ya hace más de cuatro años. El caso es que, tiempo atrás, pasé una corta temporada yendo a una psicóloga. Simplemente llevaba demasiado tiempo muy, muy triste, pensé que no tenía nada que perder y resultó que tenía mucho que ganar, porque era una estupenda profesional que distaba muchísimo del horrible recuerdo que tenía del gélido psicólogo infantil al que me llevaron cuando mis padres se divorciaron.

A lo que iba, una cosa que me gustaba mucho es que ella me planteaba ideas para reflexionar, pero muy adaptadas a mí y a lo que, sesión tras sesión, iba averiguando de mí. Y a nadie que haya hablado conmigo dos o tres veces se le escapa (y en este blog salta a la vista) que soy una apasionada del cine, del cine de todas las épocas, pero en particular del cine clásico.

Pues bien, un día me hizo una pregunta que me cautivó. Me preguntó a qué personaje de cine creía que me parecía yo, y a cuál me gustaría parecerme. Lo pensé muy poco. Casualmente cité a un personaje que siempre me ha caído mal como aquel al que me parezco (no porque me caiga mal a mí misma, sino por su forma de relacionarse con el mundo que veo parecida a la mía), y a otro personaje que siempre me ha gustado como aquel al que me quiero parecer.

Han pasado más de cuatro años, y hace unos días, cuando este blog nació en mi imaginación, pensé qué nick podía ponerme, y volví a plantearme la pregunta. ¿A qué personaje me parezco y a cuál me gustaría parecerme? Desgraciadamente, sigo pensando que me parezco demasiado al mismo que dije hace cuatro años. Pero ya no quiero parecerme al otro, porque ya lo hice y me salió el tiro por la culata. Y me he dado cuenta de que a quien quiero parecerme es a Sabrina (a la original, no a esa horrible que hizo Julia Ormond).

Sabrina, esa chica torpe, ingenua y enamoradiza que intentaba alcanzar la luna, pero que se fue a París, y volvió hecha toda una mujer superchic y con seguridad en sí misma, sin miedo a vivir, y se encontró con que ya no era ella la que intentaba alcanzar la luna, sino que la luna intentaba alcanzarla a ella. Sabrina, la que en los peores momentos siempre mantuvo una enorme dignidad. Sabrina, esa mujer que encontró el amor donde menos lo esperaba.

No soy una chica dura, ni puedo serlo. Soy sentimental, tierna, emocional. Y lo que me gusta de Sabrina es que supo crecer sin perder su dulce fragilidad, y dejar de observar la vida de los demás para atreverse a vivir, por mucho miedo que dé ese riesgo.

Me gustaría, algún día, poder decirle a alguien, de corazón, que no intento alcanzar la luna. Que, como a Sabrina, es la luna la que intenta alcanzarme a mí.

lunes, 28 de junio de 2010

Esos días de color rojo

-¿Conoce usted esos días en que todo se ve de color rojo?
-¿Color rojo? Querrá decir negro.
-No, se puede tener un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué.

Holly Golightly y Paul Varjak
en Desayuno con diamantes, 1961

De repente, llegó el cambio y arrasó con todo. Y llegaron los días rojos.

Está bien tener un día rojo de vez en cuando, porque ayuda a valorar los momentos de auténtica serenidad. Pero cuando cada día es un día rojo, cuando te das cuenta de que tienes miedo (no miedo a la oscuridad ni a las cucarachas ni a las alturas, sino el miedo más terrible, ese que no sabes de dónde viene, y que temes que simplemente esté dentro de ti, o sea miedo de ti misma)... Cuando cada día es un día rojo, cuando cada día tienes miedo, tienes un problema. Holly Golightly sabía lo que le devolvía la calma: un taxi y mirar el escaparate de Tiffany. Yo aún no he encontrado algo así.

Acabo de cumplir 30 años y no me siento más sabia que a los 20, pero sí más asustada. Empiezo la treintena con mi vida patas arriba, y aún no sé exactamente cómo hallar el orden. Solo sé que tengo miedo, y al mismo tiempo unas ganas terribles de vencerlo, de aprender a ser feliz de nuevo y de empezar a cumplir mis sueños.

Por eso me pareció un buen momento para empezar este blog. Un lugar totalmente en blanco para empezar a escribir mi historia desde cero. Hasta que pasen los días rojos. Y quién sabe, tal vez aquí encuentre mi Tiffany.