viernes, 9 de julio de 2010

À la folie

Todos soñamos con hallar nuestro gran amor, pero yo tuve un sueño más fuerte que los demás.
Angélique en À la folie, pas du tout, 2002
[Aviso: el post contiene spoilers, si no has visto la película, cuidado]

Hace mucho tiempo que vi esta película, cuyo título en España tuvo la horrible traducción (no sé quién se dedica a traducir los títulos de las películas, pero desde luego a veces se lucen) de Solo te tengo a ti. Una película que pasó bastante desapercibida, pero que a mí me hizo pensar hasta el punto de seguir recordándola hoy (¡son tantas las películas que olvidamos a los 15 minutos de salir del cine!).

La protagonista, Angélique, se nos presenta enamorada e ilusionada, aunque pronto comenzarán las decepciones. Solo al final de la película descubriremos la verdad: que todo ese amor está únicamente en su cabeza, ya que Angélique padece un trastorno psicológico que se denomina erotomanía, la creencia ilusoria de que otra persona está enamorada de ella.

En la película el punto de vista es fundamental: si bien en la primera parte nos identificamos con Angélique y nos compadecemos de ella, en la segunda parte nos queda claro que está seriamente trastornada. Y la cuestión que a mí se me plantea desde aquella tarde de domingo en que vi aquella película es: si en esto de las "dolencias" psicológicas siempre hay grados, y todos conocemos a alguien un poquito neurótico que no llega a los límites del trastorno obsesivo-compulsivo de Melvin Udall en Mejor... imposible, ¿pueden existir grados de erotomanía? Cuando nos engañamos a nosotros mismos en asuntos de amor, cuando dejamos que nuestro subconsciente nos cuente mentiras, cuando no queremos ver lo que no nos interesa, ¿no estamos siendo un poco erotomaníacos?

Hace un par de semanas, por casualidad, me ofrecí a ayudar a una chica y nos caímos bien de forma instantánea. Intercambiamos teléfonos y desde entonces nos hemos mantenido en contacto. La segunda vez que la vi estaba con su novio, y de pasada les comenté mi actual situación sentimental. Ella sonrió a su novio y me confesó que cuando le habló a él de mí le dijo que le parecía una chica encantadora y que tal vez haría buenas migas con un amigo suyo. No es que el tema me obsesione ni mucho menos, pero tal vez quedemos mañana para tomar algo, y me pregunto si dentro del grupo estará aquel amigo, y si tal vez su intuición habrá sido buena y nos caeremos bien, esas cosas pasan. Luego recapacito y me doy cuenta de que estoy fantaseando sin ninguna base real.

He aprendido mucho de mis decepciones amorosas. Y quiero pensar que la próxima vez lo haré mejor, no cometeré los mismos errores, no permitiré que cometan los mismos conmigo. Pero a ratos tengo miedo, porque tal vez no tengo remedio. Tal vez tengo tantas ganas de amar y ser amada que no veo la realidad. Y eso me aterra.

miércoles, 7 de julio de 2010

El mayor beneficio

Veréis, cuando reviso mi insignificante vida y todas las mujeres que he conocido no puedo evitar pensar en todo lo que han hecho por mí y en lo poco que he hecho yo por ellas; en cómo cuidaron de mí, se preocuparon por mí, y yo les correspondí no devolviéndoles nunca el favor.Sí, creía que era el que sacaba mayor beneficio.
Alfie en Alfie, 2004
El día de mi cumpleaños salí a cenar con mi padre. Él está pasando por una crisis en su relación de pareja. Conversamos largo rato, y llegado cierto punto me dio el consejo de que nunca me implique al 100% en una relación, que siempre me guarde un as en la manga, que esté pendiente de otras posibilidades. "Pero papá", le dije, "yo no sabría tener una relación de esa manera, y aunque lograse aprender, me parecería una relación tan vacía como cínica". "Entonces", sentenció mi padre, "me temo que vas a sufrir tanto como he sufrido yo".

En estos últimos días estoy pensando mucho en esa conversación con mi padre, y también en la película Alfie. Yo he salido de mi última relación con la sensación de haber hecho lo posible y lo imposible, no fui simplemente novia, sino compañera, correctora, crítica, maquetadora, diseñadora gráfica, traductora, psicóloga... sin embargo, él nunca llegó a comprometerse del todo en la relación. Era increíblemente demandante, pedía favores y atención constante, y yo se lo daba. Ahora me siento tonta y vacía, pero he de reconocer que cuidarle me hacía feliz.

Lo peor del caso es que decidimos quedar como amigos, y desde que, hace poco más de dos meses, él decidiera terminar la relación, ha seguido, de vez en cuando, pidiendo favores, y yo, como amiga, se los he hecho, pero recibiendo el mismo agradecimiento (o menos aún) que antes. Poco a poco me va minando una triste decepción, ya fue duro dejar de quererle, pero no quiero pensar, no quiero creer que lo único que él quiera de mí sea, precisamente, esos "servicios" que le presto. Y desgraciadamente empiezo a comprobarlo.

Sin embargo, por quien más pena siento es por él. Yo soy una romántica, una humanista, y estoy acostumbrada a llevarme decepciones porque la gente rara vez se entrega en la medida en que yo lo hago. Pero, curiosamente, pienso que hay personas que reciben todo y sin embargo están vacías, aunque ese vacío al principio no se note, pero llega un día en que se levantan y se dan cuenta de que están solas, porque no se han esforzado en establecer vínculos de verdad con nadie, porque no se han preocupado por nadie, porque nunca han dado nada.

Yo he de enfrentarme al vacío que deja habérselo dado todo a una persona que no sabe valorarlo ni agradecerlo, pero sin embargo estoy llena. Llena de mi enorme capacidad de amar, llena de esperanzas y sueños, llena de solidaridad y ganas de entregarme al 100% a todo el que quiera compartir un trocito de su vida conmigo: amigos, familia, pareja. Y por muchos disgustos que esta forma de ser pueda acarrearme, me aporta algo importantísimo: el sentir respeto por mí misma y la satisfacción de sentirme una buena amiga. Una buena persona. No sabría encontrar otra manera de sentirme completa.

sábado, 3 de julio de 2010

Oportunidades

Las oportunidades marcan nuestra vida, incluso las que dejamos pasar.
Benjamin Button en El curioso caso de Benjamin Button, 2008

Inauguré este blog hace pocos días, con motivo de mi 30 cumpleaños. Y desde entonces he mantenido la costumbre de escribir cada día, porque estoy llena de pensamientos y sensaciones y siento que tengo mucho que decir últimamente, mucho que pensar.

Sin embargo, el escribir a menudo es una sana costumbre en esto de los blogs que desgraciadamente es difícil mantener de forma constante, porque las vicisitudes de nuestra vida cotidiana a veces nos lo impiden.

Hay oportunidades que no debemos dejar pasar, y ahora mismo se me presenta una de ellas, que decidirá en mucho mi futuro profesional, y eso me obligará a estar desconectada hasta el lunes por la noche. Espero que sepáis comprenderlo y esperarme hasta mi regreso. Un saludo a todos.

Yo soy...

Yo soy fea, y torpe, y siempre digo alguna inconveniencia. Voy por la vida rechazando propuestas perfectamente buenas. Me encanta nuestra casa, pero soy tan inconstante que no puedo seguir aquí. Lo siento, lo siento. Algo no va bien en mí. Quiero cambiar, pero no lo consigo, y sé que nunca encajaré en ninguna parte.
Josephine March en Mujercitas, 1994

Hace unos días me llamó la atención un ejercicio que leí en alguna página de internet: escribir una lista con las cualidades que tenía tu hombre ideal, pero incluyendo también en la lista todos los defectos que seamos capaces de pasar por alto. Me pareció muy interesante, y me ha tenido pensando bastante tiempo, sobre todo, claro, por lo de los defectos. Es cierto que todos hemos tenido esa sensación de descubrir algo de una persona y ver una señal de "stop" en nuestra cabeza. Por ahí no estamos dispuestos a pasar. Pero también hemos perdonado ciertos defectillos a nuestras parejas, que incluso nos parece que la hacen encantadora. En cierto modo, me recuerda a cuando en Charada Regina Lampert (Audrey Hepburn) le dice a un Cary Grant que miente más que habla: "¿Sabes qué tienes de malo?" "¿Qué?" "Nada".

Una de las primeras cosas que me hizo sentirme como una idiota tras mi reciente ruptura fue darme cuenta de que, mientras yo había soportado con toda la dignidad posible los defectos de mi contrario (que los tenía, como cualquiera), a él parecían molestarle increíblemente los míos. Eran continuas las quejas, las correcciones, los consejos. Debí darme cuenta...

No he hecho la lista de mi hombre ideal, pero hace días que me ronda la idea de que si la caridad bien entendida comienza por uno mismo, tal vez debería analizar lo que tengo yo que ofrecer, tanto en lo bueno como en lo malo. Como en casi todo en esta vida, me temo que será relativo: una vez me reprocharon que soy cariñosa, así que estoy segura de que habrá defectos que a algunos no se lo parezcan y virtudes que otros no puedan soportar. Igualmente, hay algunos defectos que lucho por superar, y otros que sé que forman parte de mí misma, y poco puedo hacer para remediarlo. Pero por primera vez, en un ejercicio de nudismo psicológico, voy a atreverme a listar los que creo que son mis peores defectos y mis mejores virtudes.

Soy bastante tímida aunque no lo parezca, y me pone muy tensa hablar cuando hay un grupo numeroso escuchando. Con dos o tres personas funciono bien, pero añade una o dos más y me pongo frenética. También soy bastante exagerada, y un poco melodramática en mi forma de sentir las cosas. Tiendo a hablar sin pensarlo demasiado, y el resultado es que a veces meto la pata o acabo diciendo alguna inconveniencia. Soy desordenada, aunque lucho por aprender a mantener mis cosas en orden, pero incluso mi orden es raro. También soy un poco torpe, tropiezo con facilidad y de pequeña se me daban fatal los deportes (aunque ahora hay alguno que sí me gusta). Cuando algo no me interesa, no me interesa en absoluto, y esto significa que soy una absoluta ignorante en cuanto a fútbol o economía. Tengo una relación un poco rara con mi familia, que no todos llegan a comprender. Cuando estoy molesta o enfadada, lo mejor es dejarme en paz porque prefiero que me dejen pasar el berrinche sola y tengo bastante mal genio. Cuando algo sale mal, me desanimo con facilidad, pero si tengo a una persona positiva al lado no me cuesta mucho rato contagiarme. Tengo la autoestima bastante frágil, así que no soporto nada bien las críticas, ni me gusta que me imiten porque me siento ridiculizada. Aunque me encanta bailar, sé que no lo hago bien, así que solo bailo en público cuando he bebido algunas cervezas (por aquello de la autoestima baja), y al principio de una forma ridícula, solo moviendo los pies al ritmo de la música por no desentonar dentro del grupo. No me gusta mi sonrisa, y esta es la verdadera razón por la que soy muy poco fotogénica: por mucho que intente relajarme, siempre me sale una sonrisa falsa. Ah, y soy bastante mala con el dinero, pero puedo decir con orgullo que en los últimos meses he estado luchando contra eso y ahora tengo por primera vez mis pequeños ahorrillos. Soy muy llorona, por lo bueno, por lo malo y por lo regular, así que quien conviva conmigo ha de aprender a no darle importancia a las lágrimas, porque a veces no la tienen.

En contrapartida, tengo algunas cosas que me gustan mucho de mí misma. Soy cariñosa y sensible, me gusta mucho escuchar y me considero una buena amiga. Soy abnegada y generosa, y cuando quiero a alguien (de la forma que sea) lo quiero sin medida. Soy muy apasionada, y cuando algo me interesa me entrego al 110%. Soy una persona fiel, en todos los sentidos. Soy creativa e imaginativa, y terriblemente perfeccionista (esto podría llegar a ser un defecto). Me gusta arreglar cosas, y eso incluye desde retapizar las sillas del salón hasta desatornillar el dvd cuando no funciona a ver si consigo hacer algo (y en la mayoría de los casos, lo consigo). Se me dan bien los ordenadores, adoro aprender a usar programas nuevos y estar a la última. Me encanta cocinar, y creo que lo hago bastante bien, aunque siempre estoy intentando inventar nuevas recetas y experimentar nuevos sabores. Además, para mí la presentación es muy importante, así que cuando te sirva esa bandeja de langostinos fíjate en que están cuidadosamente colocados uno a uno. Me considero una buena anfitriona, me gusta agasajar a quien viene a visitarme. Me gusta hablar largo y tendido después de haber visto una película, y suelo descubrir aspectos que pasan inadvertidos y metáforas emocionantes en las imágenes. Me encanta arreglarme, y aunque habitualmente apenas llevo maquillaje, me gusta hacerlo para las ocasiones especiales, jugar con los vestidos y sus complementos y llevar todos los días altos zapatos de tacón. Tengo muy claro lo que me gusta y lo que no en cuestiones de moda, y tengo un estilo muy personal y algo ecléctico. Soy muy femenina, y muy romántica. De mi físico lo que más me gusta son mis ojos, verdes. Soy hogareña pero me encanta salir de tapas o a cenar por ahí, incluso a bailar si la cosa se anima. Me gusta mucho viajar pero siempre que pueda ir a mi aire, rehuyo de lo organizado (de hecho cuando hago turismo prefiero comer una pizza o un bocadillo sentada en los escalones de una plaza que hacerlo en un restaurante).

Esta soy yo, lo peor y lo mejor, y alguna cosa que seguro que me he dejado en el tintero. En la película cuya cita encabeza este artículo, Jo March le dice a Friederich Bäehr: "Soy defectuosa sin remedio", a lo que éste le contesta: "Creo que todos somos defectuosos sin remedio". Me pregunto si en este momento habrá alguien escribiendo una lista de lo que quiere en una mujer y los defectos que está dispuesto a perdonar, y si esa lista se parecerá a la que yo acabo de hacer. Alguien, como yo, defectuoso sin remedio y con muchas ganas de amar.

viernes, 2 de julio de 2010

¿Cree usted en el amor?

-¿Puedo preguntarle algo? ¿Cree usted en el amor que dura eternamente?
-Quería a mi madre.
-No. Todo el mundo quiere a su madre, incluso los que dicen que odian a su madre. La cuestión es: ¿un hombre nace para amar hasta la muerte a una mujer?
-Pero esa no es una pregunta interesante, es la pregunta de una niña pequeña que cree en los cuentos de hadas.

Kate y Luc Teyssier en French Kiss, 1995

Tal vez soy una niña pequeña y probablemente creo en los cuentos de hadas, pero la pregunta ¿crees en el amor? me parece fundamental y no llegas a conocer a una persona hasta saber el tipo de respuesta que daría. Los hay románticos, los hay prácticos, los hay que no creen en el amor sino en la química, los hay que no creen en las relaciones... incluso los hay que piensan que el amor es un invento burgués.

Si a mí me plantean esa pregunta hoy, tal vez no responda de forma tan tajante como hace unos años, pero en resumen mi respuesta ha de ser sí. Pese a todas las decepciones, sigo teniendo fe. Creo en el amor, y en que el amor, si se cuida por dos personas, puede durar para toda la vida. Aunque recientemente he aprendido que también uno puede desenamorarse a propósito para no sufrir, y esta información, para casos de amores no correspondidos, me ha resultado reveladora.

Y lo que ahora me resulta más increíble: creo en el amor precisamente por mi reciente desengaño. Tras el dolor y la decepción, he sacado algo bueno: me he dado cuenta de que he querido incansablemente a una persona, que he pasado por alto sus defectos, que no me han importado sus desplantes, y mi amor no ha flaqueado por un segundo. Si yo he sido capaz de sentir eso día tras día, es que es posible. Simplemente he de encontrar a alguien que sienta lo mismo por mí.

Creo en el amor, y en que sin amor la vida es mucho menos interesante. Pero también creo que hay saber elegir a quién querer, y, sobre todo, hacerle, antes de que pase mucho tiempo, esta pregunta. Yo, hoy por hoy, no sé si creo en otras muchas cosas, pero creo en el amor que, con paciencia y cuidado, nos puede durar eternamente. Y estoy dispuesta a compartirlo.

jueves, 1 de julio de 2010

A solas con un hombre

No he estado nunca a solas con un hombre ni siquiera vestida. En ropa interior es aún más extraño...
La princesa Anne en Vacaciones en Roma, 1953

Una de las cosas que más miedo me da en estos días es mi inexperiencia en asuntos de amor. Quizá no tan exagerada como en la cita, pero soy una completa ingenua. Admitámoslo, estamos en el siglo XXI y una chica como yo, con 30 años, lo normal es que tenga cierto bagaje sentimental, además de alguna que otra anécdota de soltera que compartir con las amigas en la típica noche de chicas. Sin embargo, mi historia es tan corta y tan absurda que casi parece de película (el director cambia según la edad).

A los 13 años tuve un amor de niñez, un chico al que conocí en un viaje que hice gracias a un concurso escolar, del que me hacía gracia su acento jienense y por quien por primera vez sentí lo que es la pubertad, que me atraían sus ojos, su pelo y sus labios. Me consta, y más con la experiencia de hoy, que la atracción era mutua, pero nunca nos dijimos nada. Luego sí, tuvimos una especie de relación tímida por carta en que nunca nos decíamos nada en claro pero lo decíamos todo a medias. Una vez nos vimos, y guardo un recuerdo precioso, y sellamos nuestra historia con un precioso beso de despedida que me dio en la mejilla, aunque un poco cerca de la boca.

A los 16 me enamoré por primera vez. Lo que sentí entonces nunca lo olvidaré, y aún sonrío cuando pienso en él. Tenía los ojos verdes, era alto y un poco desgarbado, le gustaba la poesía y el cine y teníamos conversaciones interminables. Recuerdo, especialmente, cuando bailamos aquel baile lento, cuando yo estrené aquel vestido que compré especialmente para la ocasión, negro y escotado, mi primer vestido de mujer. Y, salvo algún beso adolescente y muchos paseos de la mano, eso fue todo. Desgraciadamente, no podía ser, porque nos conocimos en el extranjero y él era del norte de España, así que pasó el verano y yo quedé con el corazón roto y llena de suspiros.

Ahí fue cuando conocí a mi primer novio, con el que, hoy tengo que admitirlo, lo que me unió fue, como sentenciaría mi madre años más tarde, "que tenías ganas de pasar página y enamorarte, y lo hiciste por cabezonería y no con el corazón". Pues bien, la cabezonería me duró años y años, porque, vuelvo a decirlo, soy una ingenua, y pensaba que el haber empezado con aquel novio significaba que debía ser para siempre, para demostrar que era diferente a mis padres. Claro, acabé con una depresión.

Y, finalmente, él. Fuimos amigos durante mucho tiempo, aunque siempre hubo cierta atracción. Pero yo estaba con alguien y él era un Don Juan que cambiaba de chica como de camisa. Era mejor así. Pero claro, cuando dejé de tener una excusa pasó poco tiempo hasta que la química actuase por sí sola. Me sorprendió cuando no fui una más, cuando me propuso una relación, cuando me presentó a todo el mundo como su novia. No sé en qué momento perdí la perspectiva, pero lo hice. Me enamoré total y completamente, como nunca lo he estado de ningún hombre, llegando a pasar por alto cualquier atisbo de cordura. Me entregué sin reservas y sin condiciones, y el balance es que, tres años y poco más tarde, aquí estoy con mi corazón roto.

Y eso es todo. A mis 30 años, puedo decir que solo he tenido dos novios, que nunca he ligado en un bar, que nunca he buscado el amor.

Pero ahora sí lo quiero. No los flirteos de una noche, ni los encuentros casuales, porque no sé si es que ya me pasó la edad de eso ocupada en una pareja, o que simplemente no soy esa clase de chica. Pero estoy sola y no me gusta. Me encanta querer, y me gustaría que me quisieran, trabajar una relación, formar una familia.

Y estoy muerta de miedo. Porque mi vida amorosa ha sido muy poca, y siempre sobre seguro. Y no sé qué pasos dar, no sé qué hacer. En cierto modo siento, como la princesa Anne, que nunca (casi nunca) he estado con un hombre a solas. Que todos (y todas) las de mi edad me llevan ventaja y me ganan en picardía. Y eso me da un miedo terrible.